Ignoro si esta casa nos contiene
o si nosotros somos su costumbre.
Los cuartos han aprendido nuestros nombres
y el silencio administra las distancias.
Ella camina como quien recuerda
una patria perdida.
Yo permanezco
cumpliendo ceremonias invisibles:
la mesa, las cuentas, el mercado,
los pequeños deberes que sostienen
la arquitectura humilde de los días.
Alguna vez su mano fue la prueba
de que el universo era hospitalario.
Hoy es apenas
la memoria de una antigua certeza.
Hay hombres que se marchan para siempre.
Yo he elegido —¿o fui elegido?—
este extraño exilio
donde el desterrado sigue habitando
la ciudad que ha perdido.
Pienso, a veces,
que partir sería una forma secreta
de rescatar mi nombre de la niebla.
Otras,
sospecho que la dignidad es sólo
otra máscara del orgullo,
y que el amor conoce
paciencia que la razón desconoce.
No sé cuál de los dos futuros existe.
El hombre que se va
o el hombre que espera.
Acaso ambos sean el mismo,
perdido para siempre
en el incesante laberinto
de una casa compartida

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