domingo, 28 de junio de 2026

Las estrellas

 

Hubo un tiempo

en que confundí mi rostro con mi sombra.
Creí que era la culpa
el verdadero nombre de mi sangre,
y que los días
eran apenas un castigo repetido.

Me perdí.
Nadie discute con el laberinto;
sólo aprende,
después de muchos muros,
que el centro nunca estuvo fuera.

El hombre que buscaba
en el alcohol, en el humo, en la mentira,
un breve olvido de sí mismo,
ignoraba que el olvido
jamás concede libertad.

Hoy camino más despacio.
No porque tema caer,
sino porque cada paso
pertenece por fin a mi voluntad.

Algunos dirán
que he llegado demasiado tarde.
Otros recordarán
solamente mis derrotas.
Les concedo esa memoria.
Yo he elegido otra.

Porque nadie asciende
llevando sobre los hombros
el juicio de los otros.
Las estrellas
no preguntan quién las contempla.
Simplemente arden.

Si alguna vez amé,
que ese amor bendiga mi camino.
Si alguna vez fui amado,
que esa gracia permanezca.
Pero ya no deposito
mi destino en manos ajenas.

He comprendido al fin
que la redención
no es volver al pasado,
sino aprender
a caminar hacia la noche
con la frente levantada,
sabiendo
que también los hombres
pueden parecerse a las estrellas.



No le debo explicaciones al espejo


No le debo explicaciones al espejo

Me dijeron:
"Ya es tarde, flaco,
la vida no devuelve los domingos."

Y tenían razón...
hasta que un lunes
decidí dejar de morirme de a poquito.

Qué raro eso de despertar
sin negociar con el demonio,
sin buscar en una copa
el coraje que me faltaba en la sangre.

Perdí gente.
Perdí besos.
Perdí noches
que juré inolvidables
y apenas sobrevivieron a la resaca.

Pero encontré algo mejor:
el tipo que era
antes de empezar a escaparse de sí mismo.

Habrá quien me recuerde
por todas las veces que caí.
Problema suyo.
Yo prefiero contar
las veces que me levanté
con las rodillas hechas trizas.

No vine a convencer a nadie.
Ni a pedir perdón eternamente.
El pasado ya cobró su factura.
Ahora el futuro
me está invitando un café.

Si volvés,
ojalá sea porque encontraste un hombre.
No un náufrago.

Y si no volvés...

también habrá amaneceres,
canciones desafinadas,
amigos,
algún bar donde brindar con agua,
y un cielo enorme
para demostrarle al mundo
que el que aprendió a vencerse
ya no necesita aplausos.

Porque el verdadero milagro
nunca fue dejar la droga.
Fue dejar de creer
que yo era menos que ella.

La casa hogar

 Ignoro si esta casa nos contiene

o si nosotros somos su costumbre.
Los cuartos han aprendido nuestros nombres
y el silencio administra las distancias.

Ella camina como quien recuerda
una patria perdida.
Yo permanezco
cumpliendo ceremonias invisibles:
la mesa, las cuentas, el mercado,
los pequeños deberes que sostienen
la arquitectura humilde de los días.

Alguna vez su mano fue la prueba
de que el universo era hospitalario.
Hoy es apenas
la memoria de una antigua certeza.

Hay hombres que se marchan para siempre.
Yo he elegido —¿o fui elegido?—
este extraño exilio
donde el desterrado sigue habitando
la ciudad que ha perdido.

Pienso, a veces,
que partir sería una forma secreta
de rescatar mi nombre de la niebla.
Otras,
sospecho que la dignidad es sólo
otra máscara del orgullo,
y que el amor conoce
paciencia que la razón desconoce.

No sé cuál de los dos futuros existe.
El hombre que se va
o el hombre que espera.
Acaso ambos sean el mismo,
perdido para siempre
en el incesante laberinto
de una casa compartida

Conjetura de la paz

 

No es el silencio lo que temo,

ni la demora de una palabra.

 

He aprendido —en los días arduos—

que el mundo no se altera

por la ausencia de un signo.

Los hombres trabajamos,

erramos,

persistimos.

 

También el amor persiste.

 

No te escribo desde la súplica

ni desde el desvelo.

Te escribo desde una certeza

más antigua que nosotros:

la paz no es una fuga.

 

Podríamos separarnos

como se separan dos ríos

que han compartido cauce.

Cada uno seguiría su curso,

cumpliría su destino,

acataría la gravedad.

 

Pero no hallaríamos la paz.

 

Porque la paz no consiste

en la quietud de un cuarto vacío

ni en la prolijidad del orgullo.

Consiste en aceptar

que fuimos elegidos —o destinados—

para atravesar juntos

este breve y arduo laberinto.

 

He conocido la disciplina del trabajo,

su áspera redención.

Sé que el pensamiento exige soledad.

Pero no esta.

 

Esta distancia no ordena:

disgrega.

 

No afirmo que el amor baste.

Afirmo algo más severo:

si la paz ha de ser verdadera,

ha de encontrarnos

en el mismo sitio del mundo.

 

No como quien depende,

sino como quien decide.

 

No como quien implora,

sino como quien comprende

que dos soledades contiguas

no son todavía una vida.

 

Si hemos de hallar reposo,

que sea en la intemperie compartida.

Que sea juntos.

Invencible

 

He soñado esa lucha en corredores

donde la luz no termina de entrar.

Hay un instante, antes del alba,

en que el espejo devuelve

un rostro ligeramente anterior al mío.

Ese rostro sonríe.

 

El dragón no desciende de ninguna fábula.

Es una costumbre del alma.

Una paciencia oscura y minuciosa.

Aprendió su oficio en una casa

donde el miedo era la forma natural del lenguaje y la ira buscaba, en el cuerpo de un niño, su primera eternidad.

 

Conoce la inclinación de mi mano,

la sed que regresa,

la secreta obediencia de la sangre.

No necesita vencerme.

Le basta recordarme.

 

A veces adopta mi voz.

Pronuncia mi nombre

con la autoridad de las cosas antiguas.

Conoce las noches de las tres de la mañana, el vaso inmóvil sobre la mesa, la promesa que ya nació incumplida.

 

He perdido personas en sus corredores.

No por odio.

El odio simplifica.

Las perdí por esa lenta corrupción

que vuelve iguales los días

y hace de la culpa una costumbre.

 

Tal vez el dragón comprendió antes que yo que toda caída quiere repetirse.

 

Hay, sin embargo, otro en mí.

No un héroe.

Los héroes pertenecen a los libros

que los hombres escriben para distraerse del miedo.

Este otro es apenas alguien que persiste.

Alguien que ha conocido el barro

y no ha terminado de consentirlo.

 

El combate ocurre en lo invisible:

en el vaso que no se alza,

en la puerta que permanece cerrada,

en el instante trivial y sagrado

en que una sombra pide entrar

y uno responde que no.

 

Nadie registra esa victoria.

Quizás por eso sea verdadera.

 

He comprendido demasiado tarde

que el infierno no es el fuego.

Es la repetición.

La misma caída bajo distintos nombres.

La misma mañana inmóvil

en que el arrepentimiento pesa más que el cuerpo.

 

Llevo los nombres de quienes herí

como otros llevan una cicatriz o una deuda.

No para absolverme.

Nadie se absuelve.

Tal vez para merecer, alguna vez,

el difícil honor del arrepentimiento.

 

La redención, si existe,

no es una llegada.

Es una vigilia.

 

El laberinto no tiene centro.

O tal vez el centro sea este combate

entre el hombre que cae

y el hombre que recuerda que no nació para arrastrarse.

 

Y acaso el dragón y quien lo enfrenta

sean el mismo hombre

mirándose en un espejo