He soñado esa lucha en corredores
donde la luz no termina de entrar.
Hay un instante, antes del alba,
en que el espejo devuelve
un rostro ligeramente anterior al mío.
Ese rostro sonríe.
El dragón no desciende de ninguna fábula.
Es una costumbre del alma.
Una paciencia oscura y minuciosa.
Aprendió su oficio en una casa
donde el miedo era la forma natural del lenguaje y la ira
buscaba, en el cuerpo de un niño, su primera eternidad.
Conoce la inclinación de mi mano,
la sed que regresa,
la secreta obediencia de la sangre.
No necesita vencerme.
Le basta recordarme.
A veces adopta mi voz.
Pronuncia mi nombre
con la autoridad de las cosas antiguas.
Conoce las noches de las tres de la mañana, el vaso
inmóvil sobre la mesa, la promesa que ya nació incumplida.
He perdido personas en sus corredores.
No por odio.
El odio simplifica.
Las perdí por esa lenta corrupción
que vuelve iguales los días
y hace de la culpa una costumbre.
Tal vez el dragón comprendió antes que yo que toda caída
quiere repetirse.
Hay, sin embargo, otro en mí.
No un héroe.
Los héroes pertenecen a los libros
que los hombres escriben para distraerse del miedo.
Este otro es apenas alguien que persiste.
Alguien que ha conocido el barro
y no ha terminado de consentirlo.
El combate ocurre en lo invisible:
en el vaso que no se alza,
en la puerta que permanece cerrada,
en el instante trivial y sagrado
en que una sombra pide entrar
y uno responde que no.
Nadie registra esa victoria.
Quizás por eso sea verdadera.
He comprendido demasiado tarde
que el infierno no es el fuego.
Es la repetición.
La misma caída bajo distintos nombres.
La misma mañana inmóvil
en que el arrepentimiento pesa más que el cuerpo.
Llevo los nombres de quienes herí
como otros llevan una cicatriz o una deuda.
No para absolverme.
Nadie se absuelve.
Tal vez para merecer, alguna vez,
el difícil honor del arrepentimiento.
La redención, si existe,
no es una llegada.
Es una vigilia.
El laberinto no tiene centro.
O tal vez el centro sea este combate
entre el hombre que cae
y el hombre que recuerda que no nació para arrastrarse.
Y acaso el dragón y quien lo enfrenta
sean el mismo hombre
mirándose en un espejo

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