domingo, 28 de junio de 2026

Invencible

 

He soñado esa lucha en corredores

donde la luz no termina de entrar.

Hay un instante, antes del alba,

en que el espejo devuelve

un rostro ligeramente anterior al mío.

Ese rostro sonríe.

 

El dragón no desciende de ninguna fábula.

Es una costumbre del alma.

Una paciencia oscura y minuciosa.

Aprendió su oficio en una casa

donde el miedo era la forma natural del lenguaje y la ira buscaba, en el cuerpo de un niño, su primera eternidad.

 

Conoce la inclinación de mi mano,

la sed que regresa,

la secreta obediencia de la sangre.

No necesita vencerme.

Le basta recordarme.

 

A veces adopta mi voz.

Pronuncia mi nombre

con la autoridad de las cosas antiguas.

Conoce las noches de las tres de la mañana, el vaso inmóvil sobre la mesa, la promesa que ya nació incumplida.

 

He perdido personas en sus corredores.

No por odio.

El odio simplifica.

Las perdí por esa lenta corrupción

que vuelve iguales los días

y hace de la culpa una costumbre.

 

Tal vez el dragón comprendió antes que yo que toda caída quiere repetirse.

 

Hay, sin embargo, otro en mí.

No un héroe.

Los héroes pertenecen a los libros

que los hombres escriben para distraerse del miedo.

Este otro es apenas alguien que persiste.

Alguien que ha conocido el barro

y no ha terminado de consentirlo.

 

El combate ocurre en lo invisible:

en el vaso que no se alza,

en la puerta que permanece cerrada,

en el instante trivial y sagrado

en que una sombra pide entrar

y uno responde que no.

 

Nadie registra esa victoria.

Quizás por eso sea verdadera.

 

He comprendido demasiado tarde

que el infierno no es el fuego.

Es la repetición.

La misma caída bajo distintos nombres.

La misma mañana inmóvil

en que el arrepentimiento pesa más que el cuerpo.

 

Llevo los nombres de quienes herí

como otros llevan una cicatriz o una deuda.

No para absolverme.

Nadie se absuelve.

Tal vez para merecer, alguna vez,

el difícil honor del arrepentimiento.

 

La redención, si existe,

no es una llegada.

Es una vigilia.

 

El laberinto no tiene centro.

O tal vez el centro sea este combate

entre el hombre que cae

y el hombre que recuerda que no nació para arrastrarse.

 

Y acaso el dragón y quien lo enfrenta

sean el mismo hombre

mirándose en un espejo

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