domingo, 28 de junio de 2026

Conjetura de la paz

 

No es el silencio lo que temo,

ni la demora de una palabra.

 

He aprendido —en los días arduos—

que el mundo no se altera

por la ausencia de un signo.

Los hombres trabajamos,

erramos,

persistimos.

 

También el amor persiste.

 

No te escribo desde la súplica

ni desde el desvelo.

Te escribo desde una certeza

más antigua que nosotros:

la paz no es una fuga.

 

Podríamos separarnos

como se separan dos ríos

que han compartido cauce.

Cada uno seguiría su curso,

cumpliría su destino,

acataría la gravedad.

 

Pero no hallaríamos la paz.

 

Porque la paz no consiste

en la quietud de un cuarto vacío

ni en la prolijidad del orgullo.

Consiste en aceptar

que fuimos elegidos —o destinados—

para atravesar juntos

este breve y arduo laberinto.

 

He conocido la disciplina del trabajo,

su áspera redención.

Sé que el pensamiento exige soledad.

Pero no esta.

 

Esta distancia no ordena:

disgrega.

 

No afirmo que el amor baste.

Afirmo algo más severo:

si la paz ha de ser verdadera,

ha de encontrarnos

en el mismo sitio del mundo.

 

No como quien depende,

sino como quien decide.

 

No como quien implora,

sino como quien comprende

que dos soledades contiguas

no son todavía una vida.

 

Si hemos de hallar reposo,

que sea en la intemperie compartida.

Que sea juntos.

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