No es el silencio lo que temo,
ni la demora de una palabra.
He aprendido —en los días arduos—
que el mundo no se altera
por la ausencia de un signo.
Los hombres trabajamos,
erramos,
persistimos.
También el amor persiste.
No te escribo desde la súplica
ni desde el desvelo.
Te escribo desde una certeza
más antigua que nosotros:
la paz no es una fuga.
Podríamos separarnos
como se separan dos ríos
que han compartido cauce.
Cada uno seguiría su curso,
cumpliría su destino,
acataría la gravedad.
Pero no hallaríamos la paz.
Porque la paz no consiste
en la quietud de un cuarto vacío
ni en la prolijidad del orgullo.
Consiste en aceptar
que fuimos elegidos —o destinados—
para atravesar juntos
este breve y arduo laberinto.
He conocido la disciplina del trabajo,
su áspera redención.
Sé que el pensamiento exige soledad.
Pero no esta.
Esta distancia no ordena:
disgrega.
No afirmo que el amor baste.
Afirmo algo más severo:
si la paz ha de ser verdadera,
ha de encontrarnos
en el mismo sitio del mundo.
No como quien depende,
sino como quien decide.
No como quien implora,
sino como quien comprende
que dos soledades contiguas
no son todavía una vida.
Si hemos de hallar reposo,
que sea en la intemperie compartida.
Que sea juntos.

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