He cruzado los espejos rotos del alma,
y en cada fragmento vi tu imagen,
no como fue,
sino como el dolor lo recuerda.
Fuiste la casa y el incendio.
La plegaria y el sacrilegio.
La palabra dicha en voz baja
y el eco que nunca respondió.
Tu traición no fue solo un acto,
fue una grieta en el tiempo:
ahora el pasado ya no es cierto
y el futuro llega con sombra.
Para igualar la balanza
yo también profané el altar.
Pero la carne ajena no salva,
ni devuelve la forma del mundo.
Nos miramos como dos ruinas
que aún creen en la arquitectura.
Dos náufragos con la locura
de querer reconstruir el barco
con la madera de la tormenta.
¿Y si el amor no es pureza,
sino persistencia en el barro?
¿Y si lo sagrado
no está en lo intacto
sino en lo que sobrevive?
Si aún hay un hilo,
aunque tenue,
que une nuestras manos heridas,
tal vez no todo esté perdido.
Tal vez la piedra,
aunque quebrada,
pueda volverse templo.

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